Vilmachka
Me di cuenta por primera vez de la originalidad de Vilmachka cuando la pusieron en el pecho de su madre. La mancha marrón del tamaño de una moneda hubiera podido estar en su culo, su cuello o en su codo pero ella la llevaba en el medio de la cara. Viniendo de un recién nacido hermoso, parecía un gesto provocativo, no un desperfecto. Al menos para mí. Después del pavor del parto y los fantasmas continuos que me acecharon 9 meses, ese lunar ostentoso parecía algo ingenioso. Como une chiste postmoderno que pusiera entre paréntesis la belleza perfecta del cuerpo de bebé. Esa mancha postmoderna, sus padres sin humor se la hicieron quitar dos meses después en un hospital parisino. Sí, en París. Porque Vilmachka no es extravagante solo por su lunar sino también por sus condiciones de nacimiento: vino al mundo como hija de una madre española y un padre húngaro en la capital francesa. Este blog es (en gran parte) su historia.
Me di cuenta por primera vez de la originalidad de Vilmachka cuando la pusieron en el pecho de su madre. La mancha marrón del tamaño de una moneda hubiera podido estar en su culo, su cuello o en su codo pero ella la llevaba en el medio de la cara. Viniendo de un recién nacido hermoso, parecía un gesto provocativo, no un desperfecto. Al menos para mí. Después del pavor del parto y los fantasmas continuos que me acecharon 9 meses, ese lunar ostentoso parecía algo ingenioso. Como une chiste postmoderno que pusiera entre paréntesis la belleza perfecta del cuerpo de bebé. Esa mancha postmoderna, sus padres sin humor se la hicieron quitar dos meses después en un hospital parisino. Sí, en París. Porque Vilmachka no es extravagante solo por su lunar sino también por sus condiciones de nacimiento: vino al mundo como hija de una madre española y un padre húngaro en la capital francesa. Este blog es (en gran parte) su historia.
Apartamento pequeño
¿Cuál es la ventaja de un apartamento parisino? Que en verano puedes dejarlo para ir a otros más amplios en otras ciudades. Al principio estos espacios donde no tienes que desplazar siempre un mueble cuando decides hacer algo, te emborrachan, pero después te acostumbras rápido al lujo del espacio. Te tiras por el suelo, te estiras y tus extremidades no se chocan contra nada: ese es el criterio infalible de la vida de millonario del espacio. Haces el pino y no derribas el contador eléctrico. O te paseas por aburrimiento y de repente el cansancio te sorprende. Otro tipo de cansancio se apodera del inquilino parisino cuando a final de agosto (la rentrée!) se para abajo de la escalera con dos maletas, niño y carro, admirando el bonito pasamanos de madera que serpentea hasta el quinto piso y en cuyo rectángulo no cabría ningún ascensor por pequeño que fuera.
Vacaciones
Cunas con o sin rejas, bañeras de niño de plástico azul o rosa, tumbona de baño con rayas amarillas, moisés del tamaño de un platillo volante... Budapest, lago Balaton, Sitges, Zaragoza. Antes yo asociaba los viajes con algún edificio memorable, la esquina de una calle o la habitación de un hotel, ahora los clasifico según el humor de Vilmachka. El avión donde dormitaba tranquilamente mientras las turbulencias la tiraban por todas partes, el coche donde lloraba con amargura, el hotel donde tenía caca espumosa durante días, la habitación donde no podía dormir por el calor o aquella en donde dormía contenta a pesar del viento que la despeinaba, ya que Vilmachka, como la mayoría de sus semejantes obesos, aguanta mejor el frío que el calor; un hecho que tuve que aceptar después de muchos pijamas (de manga larga) impuestos contra la voluntad de todos, ventanas abiertas y re-cerradas, calcetines insertados a escondidas y mantas enrolladas, todo ello motivado por un pánico al frío repentino. También tuve que aceptar el hecho de que la variedad de lenguas, de gentes, la vida en comunidad y las incomodidades del viaje, afectan mucho más a un adulto que a un bebé de tres meses. Para este último, un hombro firme y una teta llena de leche bastan para la felicidad.
Vacaciones 2
En París no hay familia, no hay ayuda. Al llegar al país natal de repente hay mucha: parientes emocionados se ofrecen para hacer eructar o dormir al bebé. Enseguida te conviertes en pariente desempleado y en hijo desatendido. Cuando les abres la puerta de casa a tus padres, te empujan sin mirarte y preguntan con impaciencia: “¿dónde está la pequeña?” Algunos truquillos siguen funcionando: a veces se duerme solo en tu hombro, pero los heréticos métodos extranjeros ganan terreno. Cuando tu cuñado la hace reír balanceándola por los aires, sientes un odio inmenso y unos amargos remordimientos por ser un gallina que nunca lo había intentado.
Problemas lingüísticos
¿Delante de la numerosa familia española uno tendría que balbucear libremente en húngaro a su niña? Después de haber declamado dos veces “róka, rege, róka"* me siento como un nómada sangriento venido a caballo del este. Sin embargo, a nadie le hace la menor gracia salvo a Vilmachka, a quien este estribillo parecido a un encantamiento chamánico en el contexto aragonés, le parece un gag genial y se muere de risa.
*“Róka, rege, róka” es un verso del poema para niños Regélő del poeta húngaro Sándor Weöres
*“Róka, rege, róka” es un verso del poema para niños Regélő del poeta húngaro Sándor Weöres
En la cama
Otra vez me empujaron fuera de la cama. Mi brazo izquierdo está haciendo molinetes en el aire. Por una razón misteriosa, por la mañana hay siempre una más en la cama. Trato en vano de empujar a la intrusa, unos gruñidos de desaprobación son la única respuesta. Con un gesto dramático miro a mi derecha a la manera de un rompecorazones amnésico en una película de mierda de Hollywood. La gigante sin dientes de 63 cm está tumbada boca arriba como una rana y está retorciéndose orgullosa: ella ya duerme entre los grandes. Después me mira y una amplia sonrisa ilumina su cara. De nosotros dos es ella el rompecorazones aunque por suerte no es amnésica.
En la acera
Dicen que al alcalde de Zaragoza no les gustan los árboles y que por eso los hace cortar uno a uno. Por suerte, dejó algunos vivos, así Vilmachka puede saludar el juego de las hojas con los ojos de plato y una risa ruidosa mientras el carro avanza por las baldosas acanaladas. Aquí la acera es casi siempre así, cuadros y rectángulos en relieve ralentizan el paso. En su red se engancha no solo el tiempo sino también la mugre en ciertas zonas. No es práctico, diríamos, desde nuestros ojos acostumbrados a ver más bien la caca de perro en el asfalto plano. Parece que los españoles veneran la calle, como si no fuera solo el itinerario de huida (del trabajo a casa y al revés) sino un baño embaldosado donde ocurren los misterios importantes de la vida. Así, suelen pararse para mirar adentro del carro: “¡qué niño tan rico parece una niña!” Así es, la ausencia de pendientes es más fuerte que cualquier apariencia.
Nuestra hija
Creo que la expresión “mi hija” no corresponde con la realidad; solo existe “nuestra hija”. Mi di cuenta por primera vez cuando, al llegar a España, mi suegra ahogó de besos a la niña a la que en Budapest llamaban todavía “Pipike”, la misma que me miró con sus ojos que eran los míos y lloró con la boca de mi padre. Desde entonces “Gordi” se ríe con su abuela encogiendo la nariz heredada de su madre. Además, ha aprendido aquí a mirar como bizqueando con las manos juntas como para rezar. Quizás por ese santo que hubo en la familia. No en la mía en la suya. La historia de Santo Dominguito de Val asesinado en 1250, que para mí es solo una curiosidad, es para ella un asunto familiar.