lunes, 15 de junio de 2015

Septiembre 2013

Bugaboo asesino

Por fin he logrado pisar el tobillo de alguien con el carro. Estas aceras parisinas son muy estrechas y estoy harto de hacer equilibrios con dos ruedas en el vacío o chocarme sin parar contra la pared y los cubos de basura. Por eso he atropellado con un bonito gesto dinámico el tobillo de una mujer. ¿Por qué se aparta si no se aparta lo suficiente para que quepa? Estoy a un dedo de transformarme en el justiciero del bugaboo que castiga primero a los que andan demasiado lento o suben con la bici a la acera, para extender después sus actos punitivos a los que se hurgan la nariz, cantan en voz alta, o huelen a sobaco en camiseta de panadero. 

Lunes

“Dado que los dos somos extranjeros, el medio francófono de la guardería, favorecería enormemente la armoniosa integración social de nuestra futura hija” – escribimos en la carta destinada a la municipalidad todavía durante el embarazo. Nuestros argumentos (por ahora) no han dado sus frutos, por eso los lunes yo cuido a nuestra hija, que flirtea con los peligros de la marginalidad. Tenía una imagen digna de un libro infantil de este día paternal: el Gran Oso Amoroso conduce de la mano al Agradecido Osito Pequeño por los senderos del conocimiento. La realidad es más bien así: el Osucho Pequeño que se reveló salvaje (lo calificaría incluso de ingrato) se duerme por fin en los hombros del Gran Oso después de un día de furia. Ese momento hubiera podido ser el símbolo emocionante del feliz reencuentro, si no hubiera ocurrido en la sala de espera, impregnada de olor a tabaco, de la pediatra a la que yo llamo Farinelli. En este caso, Farinelli es una mujer y contrariamente al cantante, tiene una voz muy grave, enfriada (seguramente es ella la responsable del todopoderoso olor a tabaco). Así que con aquel reencuentro el día estaba a punto de arreglarse y dejar esos derroteros dignos de novelas de terror, pero por desgracia estábamos a pocos minutos de que Farinelli clavara la vacuna (comprada poco antes en condiciones apocalípticas) en el muslo de Vilmachka y justificara así al fin todos los lloros, sufrimientos e insatisfacciones amargas del día. Cierro los ojos e intento no pensar en el próximo lunes. Me figuro a una niña extremadamente determinada, capaz incluso de renunciar al sueño para pasar unos minutos suplementarios con su padre.


Leche maternizada

No sé si es por esa carta que hizo entrever la triste perspectiva de una niña viviendo en aislamiento lingüístico y social o por Madame Martin (aquella empleada del ayuntamiento que se entusiasmó con el nombre Vilma) pero nos dieron la plaza en la guardería. No en balde la bandera arcoíris ondea en el ayuntamiento del distrito tres: parece que el respeto por las minorías también nos incluye. (No sé por qué, eso me hace pensar en las placas conmemorativas de los niños judíos arrancados de los bancos de la escuela de este barrio). Estamos metiendo de un bolsillo al otro la buena noticia como si fuera una carta de amor esperada desde hace mucho tiempo. Un poco atontados, indecisos. Empieza una nueva etapa, que la que peor acepta de los tres es Vilmachka. En vano amontonamos tres tipos de leches en casa, todas le dan un asco espectacular. Busca tetas por todas partes pero solo me encuentra a mí. (Su mamá está errando por las calles para evitar que una o la otra acaben dejándose llevar por la tentación, no dije tetación pero lo pensé.) Vilmachka me odia bastante por agitar esta mierda de biberón en lugar de darle de comer. A nuestra amiga francesa le parece maravillosa la nutrición independiente de la madre. A mí me parte el corazón. 

Cerca

Somos una familia muy unida, nuestras camas están muy cerca, tan cerca como la cocina del baño. Damos vuelta a los guisos desde la ducha y cuando se le cae, volvemos a ponerle el chupete a Vilmachka desde la cama. También escuchamos el llanto a distancia de brazo. Nunca hicimos nuestra esa teoría (seguramente nacida en una habitación separada) según la cual hay que dejar llorar al bebé y eso tiene sus consecuencias. Por culpa de una pequeña nariz estamos errando por el apartamento a mitad de noche, en un estado parecido al jet lag. La última vez, acabamos todos en el salón delante de un documental sorprendentemente interesante sobre artistas homosexuales durante la ocupación nazi. A veces también vagamos individualmente: uno come algo en el baño, el otro se lava los pies en la cocina. 

Iríamos en bus

París se cansó de fingir y muestra por fin su verdadera cara (gris ceniza). Llueve sin parar y todos los agorafóbicos pueden volverse a la cama tranquilamente, tenían razón: no hay ninguna razón para salir de casa. Naturalmente nosotros somos de otra madera y de todos modos tenemos que ir a buscar leche materna a la otra punta de la ciudad. Vilmachka lleva un mono con aspecto de oso en el que podríamos lanzarla incluso al espacio. No es sorprendente que duerma tan tranquila bajo el plástico de lluvia (espero que no se ahogue en silencio, desenmascarando la chapuza monumental de los ingenieros holandeses). Me siento aliviado cuando se despierta de su sueño falto de oxígeno. Por seguridad abro la ventanilla rectangular del plástico. Es un poco como si viniera a visitarla a la cárcel. La pequeña detenida me dirige una sonrisa de ánimo -ella sabrá por qué- y yo se la devuelvo. Tiene todo el optimismo y confianza en el viaje que yo no tengo. Es cierto que no ha habido ningún problema con el viaje de ida. Las escenas humillantes empiezan durante la vuelta cuando tratamos de enfrentar el ego de un chófer de bus con pelo y barba pelirrojos. En esta lucha arriesgada que termina casi siempre con un sermoneo perdemos otra batalla. El objeto de la discusión es una incógnita porque no se oye lo que tanto ha lastimado el amor propio de este hombre parecido al asesino de Enrique IV. Lo esencial es que se sigue negando a abrir la doble puerta trasera del bus. Cuando le pregunto si es sordo, murmura otra vez algo en su barba regicida y me devuelve triunfalmente la pregunta: “¿entonces quién es el sordo de los dos?” No se digna a hablar más de la RAZÓN por la que no abre porque como dice: ya lo ha repetido muchas veces. En mi desasosiego le suelto: “entonces ¡lárgate!”; cuando se pone realmente en marcha yo me pongo furioso como Jacques de Molay delante de la hoguera y trato de impedir que las puertas se cierren, pero el Renault es más inflexible que Felipe IV de Francia el Hermoso. Estoy tirado en la acera como un trapo sucio. Vilmachka sigue durmiendo en su prisión de plástico. Mejor así. 

Combate en el suelo

Siguiendo los consejos de la doctora Farinelli organizamos regularmente entrenamientos de combate en el suelo de parqué del cuarto. La sucesora de Teddy Riner está haciendo majestuosas segadas con las piernas en medio de una colcha de flores. Pero eso es solo el calentamiento. Esta atleta de alma tierna muestra el mejor de sus conocimientos técnicos cuando con un movimiento osado se pone boca abajo. Con unos gruñidos atávicos eleva el amplio trasero y levanta abrupta y triunfalmente la cabeza. Ya casi oímos a la multitud coreando: “ía, ía, huuungría” cuando el gigante (por cierto, compitiendo con los colores de España) pierde el ánimo y pide la ayuda de su entrenador.

La ciudad invisible


Salimos de casa, es decir de debajo de la torre sudeste del Temple. Aunque ya no existe la fortaleza templaria ni la torre (solo un pequeño trozo en algún lugar del edificio de al lado) me gusta imaginar que estamos yendo hacia el París de Felipe Augusto. A la altura de la Rue des Francs-Bourgois me acuerdo de la poterne du Chaume y me preparo para atravesar virtualmente la muralla de la ciudad. Delante del Hôtel de Ville pienso en los pobres gatos que los parisinos graciosos lanzaban a las hogueras en las noches de San Juan. En la isla de Saint-Louis estoy visionando unas vacas rumiando en lugar de los americanos comiendo helados. En la calle Galande busco la taberna del Martillo. Me pego a la pared del Museo Cluny como un niño al cuerpo de su madre. Al llegar al jardín de Luxemburgo (en otro tiempo Château de Vauvert donde se dice que vieron al diablo) Vilmachka ya puede estar segura de que de puro milagro no se llama Leonor, Isolda o Cunegunda.

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